Extracto Nivaria


NIVARIA

Les passagers du train!
De repente estas fueron las palabras que la sacaron de
su ensueño sentada en aquel viejo banco del andén mientras
esperaba la llegada del suyo, ese que la llevaría tan lejos que
ni el vacío pudiese encontrarla portando en su maleta sólo
los restos de un ser despedazado y algunos recuerdos con los
que ungir las heridas aún sangrantes.
El frío de la madrugada posado en sus blancas mejillas
terminó de despertarla y devolverla a la realidad de la estación
donde apenas quedaba gente: un joven soldado
recostado sobre el petate, una pareja de extranjeros apurando
sus exiguos minutos de pasión y alguna que otra figura distorsionada
por la oscuridad y la neblina.
Paseó su mirada por esos personajes sin nombre de
un modo displicente para terminar fijando la atención en el
hermoso reloj que llevaba puesto en la muñeca, una pieza
única de plata con grabados en relieve, mudo testigo de su
historia… Pasaban cinco minutos de las dos. La espera se le
estaba haciendo eterna y por mucho que lo deseara no podía
evitar que los recuerdos acudiesen a la mente martilleando
así su alma ya extenuada por el dolor.
Trató de distraerse sacando un cigarro del bolso, jugando
con el encendedor que lo había prendido, exhalando
el humo como si con ello fuese posible expulsar las crueles reminiscencias
de algo que fue, pero era inútil.
Nunca había sido una mujer fuerte a pesar de esa apariencia
construida a base de miedos y debilidades, una armadura
de distancia, frialdad e indiferencia que la hacía
sentir segura en un mundo ficticio que al final había terminado
volviéndose contra ella en el preciso instante en el que
averiguaron su punto débil: el corazón.
¡Maldito!, ¡maldito! —gritaba en su interior—.
¿Por qué te entregaría?, ¿por qué escucharía sabiéndote sediento
y ciego?, ¿por qué me lanzaste fuera de mi torre de
marfil en la que era feliz para hacerme sufrir de esta manera?,
¿por qué permití que te embaucaran y luego me engañaras
para darte sin condiciones ni restricciones? ¡Maldito, maldito,
cien veces maldito, y maldita yo que te seguí...!
Una lágrima asomó por la atalaya de sus grandes ojos
negros, de las pocas que tal vez le quedasen en aquellos últimos
meses, y se descolgaba pausadamente sobre el rostro
para terminar rompiendo en esos finos labios en los cuales
dejaba un sabor a sal amarga tan familiar después de haber
llorado ríos que enjugaron hasta la última gota de tristeza
que retenía en su interior.
No, ya no le restaba nada: ni lágrimas, ni dignidad ni
confianza ni perdón ni tan siquiera rencor u odio porque incluso
para eso era preciso proponérselo, y ya no estaba dispuesta
a malgastar lo poco que permanecía de mujer en ella
en algo que no fuese ella misma y sus propios anhelos.
Por eso estaba allí, por eso aceptó ese proyecto que la
llevó lejos de la ciudad que la vio nacer y crecer, la cual nunca
había añorado ni tan siquiera la primera vez que la abandonó
para viajar a Tenerife… Hacía tantos meses de eso que
cualquier persona podría haber olvidado, sin embargo ella lo
retenía en un rincón de su mente grabado a fuego para nunca
perderlo, pues en aquella isla fue verdaderamente feliz y
desde aquella isla descendió a los infiernos narrados por
Dante.
Era joven, apenas veintidós años, con la carrera de Imagen
y Sonido recién terminada y los bolsillos llenos de
sueños. Nacida en una familia acomodada lo tenía
todo a su disposición, sólo debía pedirlo para que alguien,
quien fuese, se lo sirviese en bandeja de plata en un abrir y
cerrar de ojos, porque con dinero nada era imposible.
La pequeña de tres hermanos, Mara sentía que su
lugar en el mundo estaba equivocado, que el destino se confundió
al darle aquellos padres, al dejarla entre esos extraños
que debía llamar hermanos, algo que veía con mayor claridad
cuando su padre se ausentaba durante meses de casa por
obligaciones “profesionales”, cuando escuchaba a su madre
llorar noche tras noche con el compungido sonido de la desesperación
sin motivo aparente, cuando observaba cómo sus
hermanos pasaban junto a ella sin tan siquiera reparar en su
presencia. No, ella no pertenecía a ese mundo, y lo había sabido
desde pequeña, lo que acrecentó sus ganas de escapar,
de huir dejando toda esa mentira detrás, alejándose de aquellas
personas con las que tampoco se identificaba.
Y la vida le ofreció esa oportunidad al proponerle un
compañero de facultad su primer empleo en las Islas Cana14
rias para trabajar como ayudante de una fotógrafa muy conocida
en Europa y Estados Unidos por unos increíbles reportajes
en diferentes ciudades del mundo.
Nacida en Bélgica, Chloe Vanderhoeven durante los
últimos cinco años había vivido en Tenerife gracias a la fotografía,
algo que aprendió de los mejores maestros de la profesión;
de hecho, para sus mentores estaba desperdiciando
una fascinante visión en algo completamente ajeno al arte,
opinión que ella por supuesto no compartía dado que en ese
momento no concebía la vida sin el murmullo de las olas despertándola
cada amanecer, sin esos largos paseos por las playas
tinerfeñas sobre una arena negra y fina, sin un trabajo
diario que le acercaba a decenas de paisajes y turistas ocasionales,
cada uno con una historia a las espaldas que reflejaba
con tanta intensidad en las fotografías que pronto la
fama le llegó a preceder en la isla como antes ocurrió en el experto
circuito europeo del que se evadió en busca de lo que
todo ser humano anhela: la felicidad.
Para Mara no resultó difícil lanzarse a la aventura, si
bien una vez allí no hubo ni un momento en el que no se
preguntara qué estaba haciendo y dónde se había metido. El
avión aterrizó sobre las diez de la noche y en el aeropuerto
Reina Sofía” ya le esperaba un chico, Yerai, un botones enviado
por el director del hotel donde ahora Chloe casi trabajaba
en exclusividad al tratarse de uno de los pocos y más
prestigiosos Hoteles Luxury de la isla.


Les passagers du train!
De nuevo esa voz, de nuevo el despertar. En esta ocasión
sí se trataba del suyo, ¡por fin! Se levantó con aplomo y
empuñando con firmeza el tirador del trolley se dirigió al
coche cama asignado en busca del compartimiento. Había
contratado una cabina individual puesto que el precio resultaba
insignificante al cambio de moneda, y de esta manera se
aseguraba un trayecto tranquilo y sin incidentes ya que a
pesar de los tiempos seguía sin estar muy bien visto el que
una mujer, y europea, viajase sola en un país musulmán sin
la compañía de un hombre, sobre todo tratándose de una
mujer como era ella: morena con un pelo rizado que se desperezaba
sobre la espalda y unos grandes ojos negros, profundos
y penetrantes que atravesaban aquello que
examinasen; sus manos eran delicadas, con finos dedos, y sus
piernas interminables. El paso de los años, además, le aportaba
esa emanación de misterio, femineidad y seguridad que
sólo los buenos vinos llegan a experimentar.
Tras recorrer varias puertas por un estrecho pasillo accedió
al que le correspondía cerrando la puerta con pasador
tras de sí… Prefería no investigar más de lo visible entre las
sábanas o la ropa de cama, por lo que determinó colocar el
equipaje, acomodarse en su litera y dejar que Morfeo obrara
su magia sobre ella con un poco de suerte hasta llegar al destino,
a lo que por supuesto contribuyó con algunos somníferos
para asegurar el efecto.
Yerai era guapo, por otro lado algo normal entre los canarios,
y sus ojos azules parecían dos aguamarinas incrustadas
en un rostro tostado por el sol. De repente
una blanca sonrisa se iluminó invitándole a seguirlo hasta el
coche que aguardaba en el exterior.
El aire era fresco y la animada conversación del botones
le amenizó tanto la ruta que apenas se dio cuenta cuando
entraron en Costa Adeje.
Ya casi estamos llegando.
No hubo finalizado la frase en el preciso momento
que emergió ante ella un colosal edificio de arquitectura típica
canaria que hacía presagiar el resto del hotel, interpretando
de inmediato por qué era uno de los mejores de la
zona.
Por unos minutos se transformó en una princesa y
aquel en un hermoso castillo donde un príncipe azul suspiraba
por ella. Más pronto esta visión se evaporó cuando el
chico pasó de largo frente a la gran entrada del hall de recepción
para continuar por un camino que bajaba hacia un
lateral del edificio principal.
Ahora si vas por ahí encontrarás una galería con
diferentes puertas repartidas a ambos lados. Tu habitación
es la número cuatro; aquí tienes la llave. Mañana el sr. director
y mrs. Vanderhoeven te esperan para conocerte a las
diez en punto de la mañana en el snack de la piscina. No llegues
tarde, mi niña, ¡el sr. Müller odia la impuntualidad!
Sin dejar de especular en los motivos que la habían
llevado a tierra guanche y si de verdad merecería la pena, fue
tanteando el terreno casi a oscuras pues la única fuente de
luz existente en aquellos pasadizos por los cuales penetraba
con lentitud era una insuficiente bombilla parpadeante…
Número uno, número dos, número tres… ¡la habitación número
cuatro!, la que sería su morada en los próximos meses
y motivo claro de una primera decepción, dado que la misma
no correspondía con ese concepto de hogar que inevitablemente
cualquier niña acomodada podía tener.
El habitáculo era del tamaño de un vestidor y constaba
de una litera, una cómoda de metal y una vieja silla de
plástico; en la pared, sobre el armazón de hierro de la cama,
una abertura excavada a golpe de martillo y cincel que hacía
las veces de ventanuco. Pero lo que con franqueza ya le terminó
de hundir fue la visión del aseo compuesto por un abigarrado
set de inodoro, plato de ducha y lavabo más propios
de una estación de servicio que de un hotel de cierta categoría.
Tras respirar profundamente, Mara inició un proceso
mental que le ayudara a soslayar los deseos de salir corriendo
de aquel sitio para tomar el primer vuelo de regreso a la Península…
Pero la lógica venció, y haciendo un gran esfuerzo
de resignación esperaría a saber qué le deparaba el día posterior
para resolver su futuro en la isla de Tenerife.


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ISBN: 978-84-9991-308-7


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